A posible historia do Castelo da Lúa de Rianxo

10 Dec

Do Castelo da Lúa de Rianxo, hoxe en día só quedan catro pedras. Basicamente a cimentación do que puido ser, así que moitos non tiñamos moita idea do aspecto que puido chegar a ter.

Polo visto unha ilustración do Castelo da Lúa xa figura dende hai tempo entre a documentación dos arqueólogos. Pero hoxe quero agradecerlle ao alcalde Adolfo Muíños nos indicar nun dos comentarios deste blog a referencia dese gravado, onde se pode ler un artigo con algúns detalles do que puido ser a historia do castelo (e que deu lugar tamén ao lugar do Pazo). O escritor do artigo (por partes demasiado florido), é J. R. Figueroa, e pertence a unha publicación de 1850 chamada Museo de las Familias.

Aínda que hai cousas que non me encaixan ben no escrito (como o feito de que ve o Castelo da Lúa nada máis entrar en Rianxo e parar alí aforráballes bastantes manobras antes de entrar no porto de Rianxo, cando o emprazamento está pasado Rianxo, a carón da praia da Torre), paso a reproducir o artigo polo seu interese 165 anos despois despois da súa publicación (e tamén porque me levou case dúas horas transcribilo, jeje):

Galicia Monumental y Pintoresca

“Era una hermosa mañana del mes de abril de 1846, y las convulsiones políticas que en  aquellos angustiosos momentos agitaban a mi provincia, me conducían hacia la antigua Pons Cesaris, uno de los más notables monumentos de construcción romana que se conservan en Galicia. El puente Cesures, como hoy se llama, es el embarcadero natural de los que quieran recorrer la ría de Arosa; ese risueño mediterráneo de cuarenta leguas de costa, acaso la más bella y la más apacible de Europa. La suave y mansa corriente del Ulla arrastraba blandamente el pequeño barquichuelo que había fletado por una cantidad insignificante, y su débil movimiento me daba lugar a contemplar a todo mi sabor el espléndido paisaje de las orillas del río. Yo que he recorrido también las pintorescas márgenes del celebrado Guadalquivir, nunca temería establecer una competencia entre éstas y aquéllas, porque las galas de la naturaleza y la lozanía de la vegetación no son patrimonio exclusivo del cálido sol de Andalucía. Al pasar las Torres del Este, otro recuerdo palpitante de la tardía y trabajosa dominación romana en Galicia, se nota el cambio repentino de agua dulce en salada, lo que nos advierte que el Ulla ha pagado ya el tributo de sus corrientes al Océano. Éste se extiende como  un estanque encerrado en un foso de verdura, y las numerosas isletas que le cubren, parecen esteras de algas flotando sobre las olas.

Yo me dirigía a Rianxo, población erigida sobre las playas de una ensenada que forma la ría hacia su parte más oriental. Acababan de levantarse unas ráfagas de viento, que nos obligaban a virar más de una vez, antes de arribar al término de mi viaje. En una de estas incómodas maniobras me sentí repentinamente impresionado por la perspectiva de un majestuoso castillo en ruinas que ante mi vista acababa de presentarse. Las espumosas olas batían con enojo sus poderosos cimientos, blancos y completos como si acabaran de construirse, mientras que el aire, cada vez más impetuoso, movía las aristas del cardo silvestre, y las afilinagradas hojas del helecho que cubrían su cima, como una corona mortuoria. Pregunté a los marineros si podían desembarcarme a los pies de aquel edificio, y gustosos accedieron a mi demanda, supuesto les ahorraba algunas más maniobras antes de llegar al muelle de Rianjo, que sin embargo estaba por tierra a muy pocas toesas de distancia.

El edificio tiene su entrada por una puerta de construcción gótica y maciza, bastante bien conservada, y abierta en una pared de siete pies de ancho. Hay otra puerta igual a la primera que es la que daba entrada al interior del castillo, formando la primera con la segunda muralla un espacioso recinto que serviría de patio, o como hoy diríamos, cuerpo de guardia para los encargados de la custodia de la fortaleza. En el interior se conservan las divisiones que formaban los varios departamentos, las escaleras de caracol, y aberturas destinadas a dar paso a la luz, si bien en cantidad bastante reducida. Los numerosos escombros que se han ido aglomerando, hacen subir el pavimento algunas varas y sirven de madriguera a infinidad de conejos que allí se anidan y que los cazadores de las inmediaciones van a cazar al caer el día. Cuando la marea está llena, casi todo el castillo se circuye de agua, menos por una lengüeta de tierra que sirve de puente levadizo. Una honda cisterna, probablemente para uso de sus moradores, se ve a alguna distancia de la muralla exterior.

La posición de esta fortaleza, militarmente considerada, ofrecía innumerables ventajas para la ofensiva y la resistencia. Por mar podía proteger toda la ensenada que se extiende desde Rianxo hasta Taragoña, y por tierra dominaba completamente la campiña que se extiende a sus plantas como una alfombra de esmeraldas. Ahora, si contemplamos la triste perspectiva de estas ruinas solemnes bajo la poética impresión de los recuerdos, creeremos ver los grandiosos fragmentos del palacio de Morven, y acaso sentir llegar a nuestros oídos el melancólico eco del amante de Malvina.

No creo se conserve en España otro monumento que pueda impresionar más agradablemente que éste el ánimo del observador y del filósofo. Si estos esqueletos yaciesen esparcidos sobre las rocas de la Bretaña, o entre las malezas del verde Erin, no hubieran faltado poetas que cantasen sus pasadas glorias, ni pintores que transmitiesen a la posteridad en sus fragmentos las efigies de otras edades. Pero en este país es tal vez donde la costumbre de vegetar entre ruinas nos hace hollarllas con  altivez y desprecio; era necesario que el más humilde de los escritores de Galicia se encargase de dar vida histórica a un mutilado miembro del cuerpo feudal de la edad media.

No pasarán muchos años sin que la mano del hombre, más impía y más destructora que la del tiempo, llegué a borrar las huellas de este monumento, así como han sido borradas las de otros, tan necesarios para la inteligencia de la historia política de las sociedades que pasaron, como lo son para el conocimiento  de los periodos geológico de  globo la conservación y estudio de los restos antediluvianos. Es muy posible que alguna de las trabajadas cornisas que aquí y allá yacen esparcidas, sirvan para completar la fábrica de algún horno de fundición de hierro, y que las profusas y larguísimas piedras del dintel del salón de armas, ocupen la escalinata de un presbiterio al reedificar alguna capilla. Casi todo el moderno Rianxo está edificado con los fragmentos de su castillo. Las mortajas de los muertos sirven para remendar las raídas de los vivos. Una capilla, también en ruinas, que se observa a la entrada de la población, ha sido levantada a cimentis en el siglo XVII con la sillería de la antigua fortaleza. Así como los vencederos colgaban las armas de los vencidos en las paredes de los templos, también el Evangelio recogía por su casa los despojos de su triunfo sobre el feudalismo.

El castillo de Rianxo tiene dos historias, una fantástica y popular, otra erudita y amanerada. La primera la he recogido sentado al borde de un timonel, que al compás del monótono crujido de los remos, y escuchado por cuatro marineros más jóvenes, si bien no menos crédulos, nos refería las terribles escenas que aquellas paredes presenciaron en los tiempos en que eran ocupadas por los moros, y que aún presencian cuando las vienen a visitar de cando en cuando las sombras de sus primitivos moradores. ¡Qué fuerza de imaginación!, ¡qué riqueza de colorido!, ¡qué agreste naturalidad en la imágenes! Yo me imaginaba estar oyendo un cuento de Ossean transmitido a las generaciones presentes por el murmullo solitario de los bosques de Lena, y el bramido de las olas que baten las descarnadas rocas de la Calidonia. Para nuestras gentes de pueblo, no hay ruinas algunas, sea cualquiera la fecha de su procedencia, que no hayan sido palacios de moros, y que no sean en la actualidad viviendas de encantadores, o abrigos de tesoros ocultos. También los árabes del desierto creen que entre los escombros de Balbek y Palmira, hay encerradas inmensas riquezas, de cuyo secreto eran únicamente poseedores los cristianos.

Para los labradores que trabajan en sus campos y para los marineros que pescan en sus costas, son las ruinas del castillo de Rianxo en la maravillosa noche de San Juan, teatro de las más prodigiosas y sorprendentes escenas. Nadie, ni el más osado de cuantos moran en sus inmediaciones, se atrevería ni por cuanto tiene el mundo a asistir a este sábado preñado de fantasmas y hechiceros con tocas y turbantes.

La segunda historia de la fortaleza de Rianxo, si gana en historia, pierde otro tanto en poesía. El polvo de los códices seca tanto la imaginación como las manos de los que lo registran. Este castillo, según la autoridad de los curiosos, ha pertenecido a los caballeros del Temple, que tanto poder e influencia tuvieron en Galicia durante los más floridos periodos de su dominación. Suprimida esta orden por Clemente V en el concilio Vienense, en 1311, en vista de los enormes crímenes que les imputaban, distribuyeron los reyes de España las posesiones y edificios que habían pertenecido a la comunidad extinguida, entre los más fieles servidores de su  nobleza.

El palacio que ahora nos ocupa pasó a la casa de los condes de Oñate, sus actuales poseedores. Hoy, por unos ochenta reales anuales, se toma como arriendo para beneficiar la inmensa piedra, labrada ya, de que constan sus ruinas hacinadas. Esta circunstancia es la que me hace temer llegue a desparecer dentro de algunos años o Pazo de Rianxo, y la que me obliga a consagrarle la viñeta que obra a la cabeza de este artículo, y los desaliñados renglones que la siguen”.

___

A verdade é que eu descubrín moitas cousas que descoñecía grazas a este artigo. Non sei se será certo ou non todo o que aí se conta pero, cando menos, é moi sorprendente.

Agradézolle de novo a Adolfo que puxese a referencia deste artigo :)

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